Es divertido ver personas caminando bajo la lluvia porque la necesidad te hace olvidarte de las cosas y tomar el paraguas que encuentras: paraguas destruídos, con un lado caído, hombres con un atuendo perfectamente pensado sosteniendo un paraguas floreado que evidentemente no estaba planeado, o con las orillas plisadas; los clásicos negros (casi siempre descompuestos), los que regalan los bancos, los abombados, los transparentes.
Cuando llueve, todos abren sus paraguas y sabemos si estaban preparados para el momento o están improvisando
Los que combinan con otros accesorios y jamás lo hubiéramos sabido si no fuera por la lluvia, los que misteriosamente mantienen cerrados y en la mano, mientras caminan así bajo el agua; sudaderas o bufandas en la cabeza, bolsas de plástico también; los que son de doble techo para que el aire pueda salir por en medio y no se te voltee; las personas que no saben cubrirse y se mojan toda la espalda. Después de un rato, el paraguas es solo una ilusión de sequedad: tu espalda, tus pies y tus piernas están mojadas, solo la cabeza no.
Los que ya mojados, caminan lento con la conciencia y resignación de haber perdido la carrera contra el agua, ya sin ninguna urgencia o prisa, mirando a su alrededor casi en un estado de contemplación, fuera del resto de la humanidad que camina apresurada: eres el único que está ahí en ese momento, todos los demás están en trayectoria y por lo mismo no existen, su cabeza está andando entre punto A y punto B y ellos están pensando en llegar a ese otro lugar. Cuando caminas mojado por la lluvia ya no estás pensando en refugiarte, si vas acompañado seguro comienzas a reír o rien cuando llegan a casa o cuando lo recuerdan unos días después.
¿Te acuerdas una vez en Coyoacán, que habíamos ido a sacar fotos, y llovía tan fuerte que el agua empezó a atravesar la tela? seguíamos sosteniendo el paraguas y ya no sabíamos si nos mojábamos más adentro o afuera de él.
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