Jan
17
2012

Un viejo caminaba haciendo ruidos, casi rugía como monstruo, lo perdimos de vista pero se escuchaban sus ruidos a lo lejos. Cuando lo volvimos a encontrar, lloraba con la boca abierta y la cara mojada; era especialmente triste porque no era un día especial y era una tumba vieja, no era un dolor reciente, sino ya viejo y constante, algo que seguía sintiendo tan fuerte. Alguien, no algo.

También fue triste que nos vio y sintió vergüenza y dejó de llorar, tenía la cara roja y empezó a hacer los ruidos raros de nuevo, como si yo tuviera algún derecho de hacerle eso, de quitarle el alivio de llorar.

Había muchas tumbas en mal estado porque son las familias las que tienen que hacerse cargo, ve tú a pensar lo caro que es quedarse bien muerto, yo por eso quiero donar mi cuerpo a una escuela de medicina: sin entierros, sin cruces, sin rentas del espacio del cementerio que tienen que pagarse cada 10 años, sin piedras que limpiar de mierda de palomas. Y hasta creo que es más romántico: servir para algo, estar en una escuela y que alguien aprenda algo de ti, ser la representación de una humanidad; tú abierta por el vientre y el profesor diciendo “Esto es un riñón” no ya tú riñón sino uno como el que tienen todos, uno como el que tendrán las personas que irán con ese –tal vez– futuro doctor, y lo último que quedará de ti no estará en la tierra sino en la cabeza de esa persona.

–Cementerio de Poblenou, Barcelona

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