Cuando sueñas algo, si te acuerdas al despertar, puede cambiar la manera en la que amaneces o en la que llevas el día. Recuerdo por ejemplo, un día en que me pelee en mis sueños con un amigo, y cuando llegué a la escuela no tenía ganas de saludarlo ni de hablar con él y me preguntó qué me pasaba y le dije “Estoy enojada contigo porque soñé que estaba enojada contigo”.
Hoy soñé que estaba en una especie de playa, donde no había arena sino piedra volcánica con coral azul pegado –todo era muy azul– estábamos tomando el sol. El agua estaba llena de mujeres que parecían haber salido de un cuadro de Botticelli, con el cuerpo como una pera redonda, sólo que tenían una gran nariz, el cabello oscuro y grandes cejas, como si Botticelli pintara sirenas judías.
Yo nadaba y las veía y llegaba a tierra firme, ahora en una especie de cueva, como una que hay en Park Güell (si has estado ahí, es la que está entrando a la izquierda) y tenía un iphone en la mano, era el iphone de Dayron y y veía sus fotos y me encontraba con un cortometraje que le había hecho yo a mi hermana, prometiéndole que la llevaría al mar. Empezaba con un primer plano de ella que, cuadro por cuadro, se volvía un dibujo impresionista y cuando se alejaba la toma, ella era una sirena feliz que bailaba. Quería mostrárselo por si ya no se acordaba, quería enseñarle que había mantenido mi promesa y ahora estábamos en el mar.
No recuerdo que pasaba, pero recuerdo que era un sueño que quería recordar y, en mi sueño, empezaba a contarles a los que me rodeaban lo que había soñado para no olvidarlo. Les decía: “Primero estábamos en una piedra que tenía coral…”
–Azul– decía Dayron.
–¿Cómo sabes?
–Balbuceaste “azul” mientras dormías
–Ah, y también sonaba una canción
–Clandestino
–¿Cómo sabes!
–Me acerqué a tu cabeza mientras dormías y podía escucharla sonando.
Les contaba la parte de las sirenas judías y cuando llegaba a la cueva Güell, pero en ese momento ya no estaba en la cueva, estaba en casa de mis abuelos y estaba mi ex jefe y me decía “Necesito un modelo de esta casa” y yo me tiraba de lo alto de una palmera, columpiándome de un lado a otro para ver la casa, después de 3 oscilaciones quería bajar pero no sabía como y acababa estrellándome en la pared, pero ya no era yo, sino un ayudante de mi jefe (hombre por cierto) y tenía dos conejos gordos en mis brazos que habían muerto cuando me había estrellado. Recuerdo haber visto esta escena y haber pensado “¡Si hubiera sido yo Victoria y no el tonto ayudante, no hubieran muerto!”
Tenía que ir al patio de atrás, porque ya no había mar ni sirenas, sino casa de mis abuelos, y ahora tenía una gallina y un pollito para darme calor, porque a era de noche. El pollito escapaba y corría y no dejaba de hacer ruido y yo temía despertar a todos.
Antes de todo esto, antes de la piedra donde tomaba el sol también, recuerdo que mi hermana se iba a ir a Nueva York sola y yo quería ir con ella pero no podía, y me daba miedo que le pasara algo y yo sabía que ella también tenía miedo.
Recuerdo que quería nadar en el mar con ella pero cuando iba a hacerlo ya había oscurecido.
Desperté sintiendo que había decepcionado a alguien, que le había fallado, y también algo molesta por haber olvidado gran parte del sueño y haber soñado encima otra cosa –como si fuera un vhs– y es que sentirse triste es un vicio si te acostumbras a ello y llegas a sentir placer en sentirte miserable aún cuando no tienes muchas razones, porque siempre hay pequeñas razones: un recuerdo, el miedo a perder algo, el miedo a no tenerlo, un sueño.
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